EL ACANTILADO, por Miguel Ángel Esquerdo Pérez © 2003

 

 

Nunca he creído en lo sobrenatural, ni en todo aquello que pudiese tener trazas de irracional, pero el misterioso suceso que recientemente tuve la experiencia de vivir motivó en mí una línea de creencia hacia lo situado más allá de lo estrictamente racional.

 

Todo empezó hace un año, cuando un viejo amigo me invitó a pasar unos días junto a su familia en su casa de la playa, aprovechando que ambos disfrutábamos de unas pequeñas vacaciones. Amablemente, me cedió una habitación de su esplendoroso chalet, que, ubicado en lo más alto de la peña, dominaba tanto la bahía como el pequeño pueblo costero anejo. Además, me sentí afortunado al saber que desde la ventana de mi ocasional fonda podía divisar casi todo el horizonte marítimo, lo cual me permitiría disfrutar de gratos amaneceres.

Los primeros días de estancia discurrieron con singular agrado. Dimos largos paseos rememorando, entre otras cosas, los viajes que tiempo atrás nos permitieron recorrer todo el Pirineo. Eran reminiscencias de un pasado algo ya lejano. Ahora, imbuido cada uno en sus obligaciones, e impedidos por la distancia que nuestros trabajos nos había llevado, se hacía casi imposible establecer nuevos desafíos.

Henry, inglés de nacimiento, se vino a vivir a España hace unos veinte años; decía que aquí se vivía –y se comía– mejor, y adoptó las costumbres ibéricas, sobre todo en el asunto de la restauración, campo en el cual se había convertido en perfecto dominador. Decía que nunca se ataría, pero dos años más tarde encontró a Lucía, una brillante investigadora de su departamento, con la que se casó. Desde el primer momento establecieron una relación que emanaba solidez y que vino reforzada por dos vástagos varones.

No queriendo ser un huésped desagradecido, al cuarto día decidí bajar de buena mañana a la lonja del puerto para hacerme con suficientes ingredientes que asegurasen una excepcional mariscada. Quería darles una sorpresa.

Puesto a ello, nada más amanecer, bajé al pueblo y me acerqué presuroso a la lonja. Fuera, el pescado entraba en pilas de cajas a un ritmo abundante. El trasiego de camiones también era importante; al parecer era centro de distribución para otros pueblos de la provincia. El recinto se dividía en dos áreas bien diferenciadas: la de las subastas y la de los minoristas. Por curiosidad, entré primero en la zona de subastas, en donde numerosos corros focalizados entorno a unas pocas cajas de pescado provocaban una singular algarabía. Después pasé a la parte donde se hacía la venta al público; donde adquirí, de buena gana, tres buenas lubinas, un kilo de langostinos, otro tanto de gamba roja y dos cangrejos, sin olvidarme de pescaditos, mejillones y chipirones para el aperitivo. Acto seguido, salí de aquel recinto con la ilusión de que seguro iba a sorprender a mis buenos anfitriones.

La calle principal era un ir y venir continuo de furgonetas frigoríficas circulando con excesiva alegría hacia y desde la lonja. También las había aparcadas en alto número parcialmente subidas a las aceras. La calle principal no daba abasto y se situaban incluso en la calle que subía hacia el chalet, a pesar de tener fuerte pendiente. Ciertamente, se hacía incómodo caminar entre tanto vehículo. Pero más que incómodo era peligroso, y el incidente que seguidamente viví corroboró esta situación.

Cuando empecé a subir en dirección al chalet, vi a una anciana, encorvada y de cara enjuta, que, a corta distancia, estaba cruzando la calle. Pero a mitad de recorrido se le cayó un objeto al suelo que parecía ser un monedero, el cual rodó unos metros antes de detenerse.

–¡No se preocupe, yo se lo recogeré! –le dije. La anciana me respondió con una mirada fija.

En ese instante apareció en lo más alto de la pendiente un voluminoso camión que se dirigía hacia nosotros. El horror se apoderó de mí cuando vi que carecía de conductor: en cuestión de segundos nos arroyaría a la anciana y a mí.

De forma instintiva solté las bolsas y me abalancé sobre la anciana. Ambos caímos al suelo justo antes de que el camión, como caballo desbocado, pasase vertiginoso junto a nosotros. En aquel acto de valentía me lastimé el hombro, que tuve dolorido durante más de un mes, al evitar que la anciana se lesionara.

El endiablado camión, en su recorrido pasó por encima de la fugaz mariscada, que cayó en desgracia. Finalmente fue a estrellarse unos metros más abajo contra una esquina de una vivienda, que por tener una antigua pero robusta construcción apenas se resintió del golpe, no sin antes arañar varios vehículos y aplastar un desgraciado buzón de correos. Afortunadamente nadie más, aparte de mí, salió herido.

Pasado el susto ayudé a la anciana a levantarse. Tenía el semblante empalidecido, muestra clara de haber pasado un gran susto. Cuando se calmó me dijo que jamás le había ocurrido algo parecido y me agradeció la valentía con la que había actuado.

–Ha sido usted mi Ángel de la Guarda –dijo–. Si no es por usted, ya estaría en el otro mundo.

Nos sentamos en el anaquel de una ventana próxima, que, al tener poca altura, servía de banco improvisado. Charlamos brevemente comentando lo sucedido. Al final la mujer me volvió a agradecer que le hubiese salvado la vida. En grata correspondencia me ofreció una pequeña medalla, que en principio rechacé, pero que al final acepté vista la insistencia de la señora.

–Muchas gracias, la llevaré siempre conmigo –dije–. Pocos minutos después llegaron los servicios de urgencia y policía que levantaron acta de lo ocurrido.

Una vez se pudo dar por concluido el incidente subí al chalet y comenté lo sucedido. Me dijeron que fui afortunado, ya que no era la primera vez que ocurría algo parecido: dos años atrás un vehículo perdió los frenos y arrolló a seis personas, produciendo cuatro desgraciados fallecimientos.

Ese día decidimos comer fuera.

 

Los días de estancia en la casa de mis amigos concluyeron sin mayores incidentes y retorné a mi monótona vida de la gran ciudad. Sin embargo, hace unos días, aprovechando un fin de semana, decidí volver al pueblo para reflexionar sobre unos temas laborales que me estaban atormentando. Esa vez me alojé en el hostal del puerto. Lamentablemente no tenía tan buena vista como la de la habitación del chalet, pero al menos la cama era cómoda. Al día siguiente me levanté temprano y subí a lo alto de la peña para pasear junto al acantilado. Era pasión incongruente la que tenía por las alboradas, y no estaba dispuesto a perderme una más. Sin embargo, no sería ese un amanecer cualquiera...

Subí por la inclinada calle y, ya arriba, pasé junto al chalet, que permanecía temporalmente deshabitado, saliendo luego de la zona urbanizada con el fin de alcanzar el borde del acantilado. Allí el suelo era agreste y aún disfrutaba de su estado original. Me senté sobre una gran roca alargada y esperé a divisar los primeros haces de luz con la esperanza adicional de poder ver algún día el famoso rayo verde.

No tardó mucho y el Sol comenzó a asomar. Entonces, un fulgor me alcanzó por la rabadilla del ojo. Giré la vista a la derecha. A unos metros se levantaba, justo al borde del abismo, una cruz adornada con lo que parecía una corona de flores. Movido por la curiosidad me acerqué para inspeccionarla.

 No se levantaba mucho más allá de cincuenta centímetros, pero brillaba notablemente a la luz del alba. La corona que la ornaba me dio a entender que se trataba de un hito necrológico de algún ser que allí falleció. Diametralmente la cruzaba una banda, la cual estaba ligeramente girada. Me agaché y, con cuidado, enderecé la cinta. La inscripción, misteriosamente, rezaba: “De tus amigos, Henry y Lucía”. En ese momento vi que una piedra, adosada junto a la cruz, servía de improvisado pisapapeles de un papel plegado. Con un incipiente nerviosismo cogí el papel y lo desplegué. Aquello que leí me impresionó de tal manera, que comencé a experimentar una aceleración inusitada de los latidos de mi corazón.

Era sólo un recorte de periódico, con un artículo en donde se relataba el fallecimiento de una persona al borde del acantilado. En la parte inferior izquierda había una esquela con el nombre del difunto y unas reseñas de los seres más allegados. Pero, lo más inquietante de todo aquello era que el nombre que allí figuraba era... ¡el mío propio! con el paradójico añadido de que el periódico tenía fecha... ¡del día siguiente!

Aquello me inquietó sobremanera. <<¿Qué significaba esto? ¿Acaso es una broma del mal gusto de mis amigos?>>, pensé, nervioso. Rompí la hoja y esparcí los pedazos. Entonces busqué en mis bolsillos la medalla de la anciana, como queriendo buscar protección sobrenatural. Pero fue en vano: la había perdido. Sumido en un evidente estado de nervios, di dos pasos hacia atrás, sin advertir el peligro que me rondaba. En ese momento tropecé y caí hacia el lado del acantilado. Por fortuna, pude asirme a un saliente de roca que me evitó caer al vacío. Sin embargo, el saliente cedió y caí al vacío...

 

En ese momento noté algo extraño en mi cintura: era como si alguien me estuviese agarrando. Esa fuerza misteriosa me alzó fugazmente hasta lo alto de la escarpada pared y me depositó de nuevo sobre el acantilado. Fue algo imposible de comprender, algo sobrenatural... milagroso.

Tiritando del susto me acurruqué sin comprender qué había pasado. Alcé la mirada y una nueva sorpresa me esperaba... ¡La cruz ya no estaba allí! En su lugar se situaba una de las rocas que había caído a la vez que yo. Tampoco había restos de la corona ni de la hoja de periódico. Movido por un impulso indeterminado miré tras de mí. Entonces aprecié una difusa figura humana que se movía entre los arbustos. Esa imagen se comenzó a diluir rápidamente, pero duró lo suficiente como para saber que era de la anciana a la que el año anterior salvé la vida.

Desconcertado por lo sucedido, rápidamente me incorporé y bajé al pueblo. Entré en el hostal y pregunté al propietario por la anciana. Necesitaba hablar con ella. Pero me dijo que eso sería imposible pues falleció de muerte natural hacía unos meses. Aquello acabó por desconcertarme aún más.

Subí a la habitación para reflexionar. El suceso que había vivido me había turbado sobremanera; quería poner en orden mis ideas y analizar la situación. <<Seguro que me he dormido viendo amanecer y ha sido todo un sueño>>, pensé. Entonces, recordando que en el sueño no pude encontrar la medalla de la vieja, eché mano a mis bolsillos con la esperanza de volverla a encontrar.

Efectivamente, localicé la medalla, pero también encontré un trozo de papel. Con estupefacción, vi que se trataba de un fragmento de la hoja de periódico que rompí arriba, en el acantilado...

 

 

 

Miguel Ángel Esquerdo Pérez, natural de Alicante, es informático de profesión y escritor de vocación. El gusto por la literatura le ha llevado a escribir varias obras cortas, pero no fue hasta el año 2000 cuando decidió escribir su primera novela, “Nastasa en la Sombra”, en donde se revelan secretos y diarios ocultos que darán conocimiento sobre el terrible final de la Humanidad.

 

 

Otras obras del autor:

 

“Vacío”, cuento © 2000.

“Su sombrero, por favor”,  relato © 2001.

“Berta y su tren”, relato © 2002.

“Nastasa en la Sombra”, novela © 2003,  Editorial Club Universitario.