Cuadro de texto:        Título: Su sombrero, por favor.
Autor: Miguel Angel Esquerdo Pérez.

¿Acaso no puedo ser un coleccionista de sombreros? No conozco a nadie que lo hayan encerrado por hacer colección alguna. En cambio a mí, ya me ven, me encierran junto a un grupo de auténticos perturbados, que quién sabe qué locuras habrán cometido. No es cierto que esté loco, como algunos insinúan; ni que sea un pobre desgraciado con una mente perturbada, ¡Dios me libre! Sólo pretendo coleccionar esos objetos que tan graciosamente protegen nuestras cabezas y tan buena figura nos hace.

Ya de pequeño soñaba con tener cientos, miles de sombreros; así poco a poco fui recogiendo chisteras, bombines, sombreros de copa, monteras, iracas panameñas y muchos otros que no puedo recordar ahora. Conforme fui creciendo, mi colección se hacía cada vez más numerosa, lo cual me llenaba de orgullo. No había nadie en el pueblo que pudiera superar mi copiosa colección.

De buena gana habría vendido la tienda de ultramarinos de Padre, único sustento de nuestra familia, para abrir una sombrerería. Además, desgraciadamente, sabía que mis ahorros nunca alcanzarían, siquiera, para alquilar un local, con lo que tuve que conformarme únicamente con reunirlos poco a poco.

Al principio los recogía de los cubos de basura, también los pedía como regalo en mis aniversarios y otras celebraciones; luego, cuando comencé a ganar mis primeras pesetas, procuraba ahorrar para comprar más y más sombreros. Cada sombrero lo bautizaba con un nombre, lo cual hizo que cada uno tuviera personalidad propia. Dependiendo del estilo de cada uno, le ponía el nombre que más le convenía; así, si un sombrero era, por ejemplo, vaquero, le ponía algún nombre que me recordara a aquellos filmes del lejano oeste que, a menudo, acudía a ver al cine Ideal.

Efectivamente, tengo una nutrida colección de sombreros: algunos altos, otros pequeños, otros de vuelo ancho, como el gran Emiliano, mejicano él, que sobresale siempre orgulloso entre todos los demás. A todos les tengo gran cariño. Pero mi afecto ha estado siempre dirigido hacia Don Francisco y, no tanto, hacia Tomás, los cuales eran dos de los sombreros que más compañía me hacían. ¡Pobres! ¡Qué solos estarán ahora! Los tengo desde hace ya algo más de un año y siempre los he mimado con cariño. Recuerdo que Don Francisco, sombrero de copa alto y muy serio, siempre estaba atento a todo lo que decía y él me escuchaba, lo sabía. Además, Don Francisco, a diferencia del resto, era diferente, pues fue el primer sombrero que tuvo la osadía de enfrentarse a mí la primera vez que nos conocimos. Pero todo cambió cuando le quité lo que le sobraba y le molestaba.

Aquel día que entró por la puerta del comercio, dio la casualidad que yo estaba solo, detrás del mostrador, arreglando unas latas de atún o de sardinas, no recuerdo bien.

-Buenos días ¿Qué desea usted? -dije con amabilidad.

Don Francisco tardó unos largos y maleducados segundos en contestar.

-Deme esa botella de güisqui de ahí. ¡Esa! -señaló con el dedo-. ¿No será muy cara, verdad? Como me han dicho que usted es el carero del pueblo...

Aquello me sentó como miles de puñales clavándose certeramente en mi ego. Pero contuve mi impulso y contesté con renovada educación:

-¡Por favor! Todos mis artículos tienen la calidad que refleja el precio; y éste no es tan alto como dicen.

-Calidad, ¡Ja! Me parece que sus productos son tan antiguos como sus raídas ropas -dijo jactándose de mí.

Esa segunda humillación fue absolutamente intolerable. Tenía que dar una lección a aquel contestatario sombrero. Pero había algo en él que me llamaba poderosamente la atención. Tal vez fue su forma alargada, tal vez la manera de cubrir la cabeza, pero creo que fue su color negro grafito intenso lo que determinó que el sombrero formara parte de mi colección. Decididamente debía hacerle pasar a la trastienda para efectuarle una profunda limpieza.

-Por favor pase a la trastienda y le mostraré la pulcritud de mi modesto establecimiento -dije.

Acto seguido y no sin cierta guasa, entró conmigo a la rebotica.

-Por favor siéntese en esa silla -dije al hombre que llevaba el sombrero-. Por cierto, ¿Puede decirme, si no es molestia, su nombre?

-Me llamo Don Francisco Meseguer, licenciado en Medicina por la Universidad de Salamanca -dijo con visible orgullo.

Ya sentado le pregunté si deseaba tomar un poco de café que había preparado momentos antes, a lo que aceptó con desinterés. En ese momento, me acerqué a la repisa de enfrente y con discreción cogí el bote de arsénico que Padre guardaba en el fondo de la estantería. Así, haciendo como si estuviera preparando el azúcar, le eché una pizca de aquellos gránulos a la taza y luego la llené lentamente. Acto seguido se la di, procurando estar siempre a su lado. Aquel hombre se bebió la taza de un sorbo, lo cual me produjo una inmensa satisfacción, pues sabía que aquella incómoda situación duraría poco.

Tuve la precaución de sostener a Don Francisco mientras aquel cuerpo caía al suelo, ¡No sea cosa que el pobre se fuera a dañar! Así, dejé el sombrero en la mesa del cuarto y me dispuse a limpiar la trastienda de aquel hombre que tanto molestaba a Don Francisco y que le hacía ser tan maleducado. Don Francisco, desde entonces, ya no me ha hablado mal. ¡Bueno! Ni mal ni bien, puesto que sólo escucha, no habla. Debió haber sido la influencia de aquel desagradable hombre.

Hice lo que cualquier buena persona hace para tener su casa limpia. ¡No veo qué hay de malo en eso! El único problema que tuve era el tamaño de aquel hombre. Era demasiado voluminoso para introducirlo en un único saco de basura, así que decidí dividirlo, racionalmente, en varios fragmentos que me permitieran trasportarlo con cierta comodidad.

Primero le quité el abrigo que llevaba, el cual guardé en mi ropero para darle un mejor uso que el que actualmente estaba teniendo; luego le quité el traje, que por cierto, era de etiqueta y que me sirvió para ir muy elegante a una celebración que tuve unos días después, pues no tenía otro tan elegante. La ropa interior ni la toqué pues, considero de muy mala educación dejar desnudo hasta al más mísero de los mortales. Además, tenía especial repugnancia, como tiene todo el mundo, hacia las prendas interiores usadas de los demás.

Luego, para evitar que la trastienda se ensuciara más de lo que estaba, llevé el cuerpo de aquel infame hombre al cuarto del escusado, el cual estaba tras una puerta, en lo más profundo del comercio. Allí lo preparé para que cupiera en tres sacos; luego los saqué fuera y los cargué en el pequeño vehículo que recientemente adquirimos. Así con los tres bultos cargados, coloqué el cartel de cerrado y me acerqué al vertedero municipal y allí los arrojé, cubriendo totalmente los sacos con tierra de alrededor. Acto seguido volví al comercio para reanudar la faena, no sin antes acabar de limpiar todo y tranquilizar a Don Francisco, pues ya estaba por fin conmigo.

Aunque, pensándolo bien, creo que me excedí en aquel acto, ya que nadie va con su bolsa de desperdicios y la tira al vertedero, como hice yo. Debería haber esperado a que el servicio de basuras los recogiera. A veces soy demasiado servicial, lo reconozco, hasta el punto de ser agobiante, lo cual me ha ocasionado no pocos serios problemas en la vida. Es una manía que tengo; tal vez no debería, pero me avergüenzo de ella y desearía eliminarla, pero no puedo. Siempre intento que los demás no se molesten por mí y, si puedo hacerlo yo todo, lo hago y en paz.

Unos días más tarde pasaron por el comercio dos policías muy bien uniformados preguntando por aquel hombre que llevaba a Don Francisco. Sabía que si les contaba algo se llevarían al pobre Fran; y eso nunca lo permitiría, pues ya le había situado en la mejor posición de mi colección. Él era, y sigue siendo, mi sombrero más preciado, el cual siempre está presidiendo al resto de la colección. Con orgullo, se sitúa en lo más alto de la vitrina del salón.

Don Francisco, únicamente con su presencia, crea una aureola de cohesión en mi colección, siendo el auténtico nexo de unión y cúspide jerárquica entre todos los demás. A su lado está Tomás, sombrero no tan distinguido, aunque también con un buen porte, el cual ha permanecido siempre en compañía de Don Francisco, aunque nunca consiguió estar a su altura.

A Tomás lo conocí unos meses más tarde, pero fue de distinta forma. Estando en el salón de casa realizando la limpieza diaria de cada uno de mis preciados tesoros, me asomé al ventanal y vi pasar a un señor bajito y algo obeso. De aspecto rudo y con un poblado bigote, dejaba entrever una corta y canosa melena bajo un imponente sombrero marrón oscuro. Inmediatamente, pensé que aquél sombrero no podía ser portado por tan basta persona, así que bajé todo lo rápido que pude y seguí a aquella odiosa persona. Caminé durante un largo rato a unos metros tras él, cruzando infinidad de callejas con aceras mal pavimentadas y calzadas con adoquines irregularmente ordenados. Al final se paró frente a una puerta de una casa, en un callejón que nunca había estado antes. Me acerqué a él todo lo que pude, sin que notara mi presencia y cuando entró en el zaguán de aquel portal, entré detrás.

-Perdone caballero, necesito que me dé su sombrero -le dije con amabilidad.

-Mi sombrero no se lo doy a nadie y menos a usted -dijo aquel infame hombre.

-¡Usted no lo comprende! Ese sombrero debe estar en mi colección pues usted es indigno de llevarlo -dije.

-Está usted loco, ¡déjeme en paz y váyase! -me gritó.

Acto seguido, se dio media vuelta y siguió por el zaguán hacia las escaleras. Entonces oí con total claridad cómo el sombrero me pedía ayuda. Me pedía que le llevara conmigo y que le librara de aquel hombre que le hacía daño. No lo pensé más y en vista de que aquel monstruo era perjudicial para Tomás (así lo bauticé en aquel momento), no tuve más remedio que sacar la cuerda que llevaba en el bolsillo del abrigo y agarrar por el cuello a aquel tosco personaje. Durante el forcejeo con aquel ser bestial, Tomás cayó al suelo y se hizo unos rasguños; aquello colmó mi paciencia y apreté aquella cuerda con todas mis fuerzas, hasta que ese hombre de las cavernas dejó de mover los brazos.

Pasados aquellos desagradables momentos, y como no quería que nadie se tropezara con él al entrar al zaguán, lo cogí por los brazos y lo arrastré afuera, hasta alcanzar una boca de alcantarilla que había cerca. Asombrosamente, pude abrirla con bastante facilidad y, acto seguido, lo arrojé allí para que no molestara.

Luego, cuidadosamente, cogí a Tomás del suelo y lo llevé con mucho cuidado al salón de casa. Tuve que emplearme a fondo para quitar la grasa y suciedad que cubría al desdichado Tomás. Cuando al fin terminé, coloqué a Tomas junto a Don Francisco. ¡Es asombroso ver cómo se hacen compañía el uno al otro! Aquellos dos sombreros renovaron mi espíritu que estaba últimamente muy decaído. Más que nunca, tenía ganas de hacer mi colección aún más numerosa y gloriosa.

 

Siempre he pensado que a aquellos que somos coleccionistas, somos en realidad superiores al resto del pueblo, pues creamos unión de lo que está desunido y damos el valor correcto a lo que realmente lo tiene. Nos deberían agasajar por eso, pero no lo hacen; nos deberían adorar por eso, pero no lo hacen; en cambio, ya me ven, aquí y entre barrotes; humillado cual puerco en su pocilga. Además, para más inri, esto está ocurriendo justo en el mejor momento de mi vida, cuando por fin había encontrado el sombrero ideal para hacerle compañía a mis buenos Don Francisco y Tomás. Me refiero a Doña Teodora, compañera inseparable del primero y buena amiga del segundo, que ahora explicaré cómo entró a formar parte de mi lujosa colección.

Un año después de encontrar a Tomás, mientras estaba en el comercio con Madre y una hermana colocando el nuevo género, entró por la puerta la pamela mayor y más atractiva que jamás vi. De color salmón suave, llevaba una cinta azul acabada en un lazo, que le rodeaba el casquete, el cual, perfectamente redondeado, se erguía con señorío y mejor porte por encima del largo y curvado vuelo de su ala.

Aquella pamela se sentó en la silla que hay justo a la izquierda de la puerta de entrada. Mis ojos, encandilados por aquella belleza, no podían permitirse un solo parpadeo que impidiera verla. Sin embargo, mi boca, enteramente abierta tras aquella visión, se atrevió a decir:

-Con su permiso, permítame decirle que es usted preciosa.

-Muchas gracias, es usted muy amable -dijo la mujer de la pamela.

-Tengo una urgente necesidad -prosiguió-, y creo que usted podría ayudarme.

-Usted me dirá… -dije.

En ese momento advertí que a la mujer que llevaba la pamela, la había visto en más de una ocasión, paseando señorialmente a un perro de raza fox-terrier, en el parque que hay por detrás del comercio. Pero, si no recuerdo mal, aquellas veces no llevaba sombrero alguno, eso me pareció, o quizá llevara algún discreto sombrero que, entonces, no me llamó la atención, como lo hizo aquella bella pamela, la cual de nuevo bloqueó mis pensamientos. Así, con un interés desmedido hacia esa maravillosa pamela, dejé que la mujer iniciara su explicación.

-Pues… le contaré que es mi costumbre diaria tomar una infusión en el Café Raimundo, junto con unas buenas amigas. Nuestra mesa preferida está junto a la pared, justo debajo de un gran cuadro. Yo siempre me siento en la misma silla, la que está más próxima a la pared.

Calló por un instante y luego prosiguió:

-Ayer por la tarde, cuando se hizo la hora de finalizar la habitual tertulia, me levanté, pero rocé mi pamela con la pared, la cual se desgarró a causa de una alcayata mal clavada. Al parecer, uno de los camareros se disponía a situar un nuevo cuadro, pero lo dejó para más tarde, al vernos entrar al Café, dejando ese clavo al aire, sin protección alguna -la mujer dio un leve suspiro-. En el barrio es bien conocida su colección de sombreros. También se sabe que usted los limpia, los repara y les tiene mucho afecto. Y, además, según parece, es la envidia de muchos.

Aquello me halagó sobremanera que hizo que casi me ruborizara.

Sin dudarlo un momento, le dije que se la arreglaría con gran placer, aunque no en el comercio, sino en el salón de casa, donde tenía los instrumentos necesarios. Ella aceptó de buena gana ir, en ese momento, a casa para solucionar aquel roto, así, de paso, me dijo que podría ver mi lujosa colección. Durante el corto trayecto hasta el salón de casa me dijo que se llamaba Teodora; y que le gustaba vestir con sombrero pues era para ella símbolo de distinción. Yo, absolutamente de acuerdo con ella, asentía constantemente.

Ya en casa, la invité a entrar al salón y sentarse en mi cómodo sillón orejero. Desde ahí contempló con sorpresa cuán densa y sobresaliente era mi colección, rompiendo a elogios y piropos. Ya aquella mujer sentada en el sillón, le pedí, por favor, que me dejara su pamela. Ella se la sacó y me la entregó. La cogí delicadamente y la dejé sobre la mesa del salón. A continuación fui a por la caja en la que guardaba todo lo necesario para la limpieza y reparación de los sombreros y procedí a la reparación de Doña Teodora. Tardé bastante pues el roto, aunque discreto, no era limpio y había que hacer un trabajo fino.

Cuando acabé me levanté, cogí a Doña Teodora y la situé en la vitrina junto a Don Francisco y Tomás, los cuales parecían estar muy a gusto con la nueva compañera. Luego cerré con llave la vitrina. En ese momento, la mujer que llevaba a Doña Teodora me dijo que la sacara del aparador. Yo no la entendí. ¿Por qué iba a sacar a Doña Teodora de allí? ¡Con la compañía que le hacía a Don Francisco! Además, era parte de mi colección. Pero aquella mujer se acercó al mueble e hizo un intento de sacar a la Bella Teodora. Aquello no lo permití, pues era un robo en toda regla, así que tuve que usar, con todas mis energías, la silla que tenía más a mano para detener a aquella creída mujer.

Ya la mujer tendida en el suelo, la cogí por las manos y la llevé hasta un pequeño armario que tenía para retirar. La introduje dentro y cerré no sin dificultad la pequeña portezuela.

No pudiendo disponer de la fuerza necesaria para transportar el viejo armario, hice que al día siguiente pasaran dos hombres del servicio de recogida de enseres y se llevaran el armario. Cuando aquellos hombres lo alzaron en peso, notaron que el armario pesaba mucho, pero les dije que estaba vacío y que la puerta estaba atrancada; y que el excesivo peso del viejo armario era debido a la propia madera. Convencidos de que así era, lo bajaron hasta el zaguán, luego lo subieron a una destartalada camioneta y se fueron.

Habitualmente este servicio realiza la labor de recoger los muebles que ya no sirven y los llevan al vertedero, lo cual era el destino que había pretendido.

Pero esa misma tarde vino el caos a mi vida. Cuando estaba de nuevo atendiendo en el comercio, irrumpieron tres hombres vestidos de policía, los cuales preguntaron por mí e inmediatamente después de darme a conocer, sin explicación alguna, me esposaron y me sacaron fuera del comercio. Acto seguido me obligaron a que les llevara a casa y, cuando entramos, comenzaron a registrarlo todo, viendo con horror cómo de la vitrina sacaron todos los sombreros de mi valiosa colección. Les dije que dejaran en paz a los pobres sombreros, que les estaban haciendo daño; pero cuanto más hablaba, más me apretaban con las esposas.

En ese instante no supe qué querían aquellos hombres. Yo no había hecho nada malo. Sin embargo, uno de los policías cogió a Doña Teodora y dijo: "¡Este es!". Luego miraron a Don Francisco, a Tomás y a varios otros que estaban con ellos y de nuevo dijo: "¡Y aquéllos también deben ser! ¡Ya tenemos al asesino!" ¿Asesino yo? ¿De quién? Yo sólo coleccionaba sombreros. Además, en ningún momento me había deshecho de ninguno, al contrario, los curaba y los limpiaba.

Me revolví para intentar liberarme de aquellas argollas que me atenazaban pero en ese momento recibí, por parte del policía que tenía a mi lado, el golpe más doloroso que nunca he recibido. Acto seguido, y sin dejar que me recuperara, me llevaron al retén de policía donde vi, con gran sorpresa para mí, que, encima de la mesa del inspector, estaba mi traje de etiqueta que tenía desde que conocí a Don Francisco. Por lo visto habían registrado el comercio sin mi consentimiento y me habían sustraído el traje y el abrigo. Pero, ¿para qué diablos querrían mis ropas? Nunca lo supe.

Estuve en el calabozo del retén de la policía durante unos días. En ese periodo me interrogaron en numerosas ocasiones, pero yo siempre les decía lo mismo; que aquellos sombreros no estaban a gusto en su anterior situación y que necesitaban estar en mi colección, junto con el resto de los sombreros; que aquellos sombreros eran legítimamente míos.

Al cabo de unos días de encarcelamiento en esa húmeda mazmorra, me sacaron para llevarme al juzgado. Allí me sometieron a un inexplicable juicio, en el cual no paraban de acusarme de horribles crímenes. Al final el juez me declaró loco peligroso. ¡Loco yo! ¡Y peligroso! ¡Ja! ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo un coleccionista es un lunático? Serán locos los que no coleccionan nada. ¿Pero yo? No, yo no. Aquel juez sí estaba loco, pues dictaminó que me internaran en este centro psiquiátrico, lleno de auténticos idos.

 

No guardo rencor a nadie, pues de camino a este lugar los dos policías que me acompañaban me dijeron, amablemente, que dejarían de nuevo mis sombreros en la estantería del salón. Aquello calmó todos mis odios, pues sabía que tarde o temprano me reencontraría con ellos. Además, cuando volviera a casa, no lo iba a hacer de vacío pues, de camino a este manicomio, vi un maravilloso y espectacular sombrero que, andando por la acera, llamó mi atención tanto o más como cuando Don Francisco entró al comercio.

Además, desde las ventanas del comedor he visto en más de una ocasión ese sombrero. El pobre está solo. Necesita compañía, o de lo contrario se volverá loco. ¡Pero eso cambiará! En cuanto salga de aquí, lo primero que haré será buscarlo y llevarlo a mi vitrina.