
Berta siempre espera en su
habitación que su tren más querido pase. Y lo debe ver pasar tras el reflejo
fiel del espejo. Ella dice que si mira por la ventana el tren nunca pasará.
Berta inicia su paciente espera
cada día, poco después de pasadas las ocho, cuando el Expreso Alicante-Madrid
pasa por Villena en su viaje de retorno. En ese tren va lo más profundo de su
corazón, de su vida, de su ser más íntimo. En ese tren viaja Miguel.
Miguel, su difunto marido, era
maquinista de la locomotora número 75 que, con su larga cadena de vagones,
hacía la línea del Expreso varias veces a la semana. El Expreso, en ruta a
Madrid, llegaba puntualmente a las seis de la mañana a la estación de Villena.
Allí los viajeros subían a él. Y a él también lo hacía Miguel, que era acreedor
fiel a la puntualidad de sus llegadas. De sus llegadas a cada uno de los
pueblos por los que pasaba hasta llegar a su destino final. Porque, para
Miguel, cada estación en la que detenía su tren era algo más que una parada,
cada una de ellas era una llegada.
Miguel procuraba que su tren no
se retrasara. Era sumamente responsable pues se sabía garante de la felicidad
de muchos. De muchos en su tren y de muchos en el andén. Y de algunos más en
sus hogares, que esperaban con anhelo que arribara el familiar.
Cuando Miguel volvía al día
siguiente había pasado fuera algo más de un día. Un día en donde sólo había
visto a Berta en la foto de su cartera. Cartera que no solía estar muy llena ya
que todo lo que necesitaba lo tenía dentro del tren. Pero, para él, su cartera
siempre estaba llena, porque ella siempre estaba allí. Allí y en su corazón.
Corazón que, al volver a la estación, latía con la misma intensidad como en su
primer encuentro con ella.
Miguel, momentos antes de volver
a Villena, pasaba cerca de su casa, en donde siempre veía a Berta asomada a la
ventana esperando su llegada.
Berta recordaba cada uno de esos
muchos viajes que hizo con Miguel. Muchos eran por obligación, algunos otros
por deseo propio y algunos más simplemente para acompañar a su Miguel. Sea cual
fuera el motivo del viaje, recordaba con nostalgia esas salidas de madrugada
con temperaturas que helaban el espinazo. Pero, una vez arriba, el tren de daba
calor. Disfrutaba de cada trayecto.
Todos y cada uno de sus viajes los
recordaba con nostalgia. Eran momentos inolvidables que iban más allá del
último kilométrico.
Recordaba cómo cada año deseaba
que llegara el momento de la renovación del uniforme, pues eso implicaba ir a
Madrid a que el sastre le tomara medidas a Miguel. Y claro, de paso aprovechaba
para visitar las tiendas de última moda. Aunque sólo fuera para ver las prendas
de sus escaparates, objetos ausentes de su vida en el pueblo.
En otras ocasiones Berta tenía
que viajar sola. Los largos días que había de pasar sin su marido le habían
confiado una gran fortaleza, necesaria entonces y fecunda después, para sacar
adelante a sus hijos. Hijos necesitados de la atención de una madre que, a
veces, había de esforzarse más de lo normal, pues el problema de salud de uno de
ellos a menudo requería una medicación especial. Entonces Berta cogía el tren y
se trasladaba a Alicante.
Cualquiera que fuera el motivo,
subir al tren significaba para Berta una vuelta al vientre materno. Decía que
ese ligero vaivén que el tren produce a los que viajan en él y el cálido
interior de sus vagones sólo era comparable como el bienestar que una madre le
da al hijo que lleva dentro. Berta decía que esa sensación la podía sentir.
Eran recuerdos, quizá, de un pasado que todos hemos olvidado.
A Berta le gustaba caminar. Lo
hacía a menudo. Y a menudo hacía el mismo recorrido: de casa a la glorieta, de
la glorieta al Chapí, del Chapí a la estación y de la estación a casa. En cada
uno de esos sitios hacía una parada y recordaba sus años mozos. Cada lugar
guardaba sus propios recuerdos, que ella evocaba en cada paseo. En la glorieta
le afloraban sus recuerdos más lejanos, que eran aquellos en los que aún era
infante que jugaba con el agua de la fuente mientras la banda de música tocaba
en el templete. De la glorieta iba luego al Chapí, cine decano del pueblo. El
cine Chapí hacía tiempo que había cerrado, pero bajo su marquesina aún
permanecía el cartel de la última película, reposición de un estreno que vio en
su edad de merecer. Cada vez que pasaba por delante de su ya cerrada taquilla
recordaba con añoranza aquellos años que con un real bastaba para la entrada y
para una bolsa de pipas, que duraba toda la película. Allí conoció a Miguel.
Miguel, hijo de la taquillera, en
ocasiones ayudaba a su madre tras la ventanilla, vendiendo las entradas del
primer pase. Le hacía ilusión, pero también tenía su razón. Su ilusión era que
Berta fuera. Y cuando ella iba, siempre le reservaba la mejor butaca, que
entonces eran numeradas. Y si su madre no miraba, no le cobraba. Miguel siempre
vendía todas las entradas, pero siempre se reservaba una. Era la que le daría
el asiento junto a su pretendida Berta.
Después del cine, Berta caminaba
en dirección a la estación. Allí solía pasar largo rato paseando por el andén.
Le gustaba ese olor característico de la brea de las traviesas y del carbón
olvidado en un montón, al lado de la máquina del agua y de la pequeña caseta
del guardagujas. Berta olía. Cada olor era la chispa con la que encendía el
fuego de sus recuerdos. Berta recordaba.
Por el andén paseaba de un
extremo a otro, acompañada siempre por la interminable y vieja verja de madera
que, con pequeñas tablas verticales acabadas en punta en su extremo superior y
unidas por otras tantas tablas perpendiculares, dibujaba un mar granate de
ondas paralela a la vía.
Cuando llegaba al final del
andén, observaba el horizonte de las vías, justo allí donde se unen
ilusoriamente. Recordaba los años en los que ella y la pandilla iba a escuchar
la llegada del tren. "¡Ya viene! ¡Ya viene!", decía en aquellos años,
con la oreja puesta sobre la vía y la mirada paralela al frío hierro, cual
indígena en busca de agua subterránea. Eran aventuras de pandilla que siempre
acababan en travesura improvisada.
Una de esas aventuras casi le
cuesta la vida a Berta. Era verano y a alguien se le ocurrió contar cuántas
traviesas había hasta el pueblo más cercano. El juego comenzó bien pero, al
llegar al paso a nivel, se le encajó un pie entre los raíles. Su mala suerte
hizo que fuera a pisar allí donde el agua de lluvia había horadado el fondo del
carril. La fuerza de la pisada le hizo introducir el pie hasta el tobillo,
completamente desprotegido por la sandalia de temporada. Cuando miró al frente
observó que el tren venía a su fatal encuentro. Por mucho que tiraba no podía
sacar el pie, se le había encajado. Entonces, entre todos intentaron ayudarle,
pero nadie pudo conseguir que Berta sacara el pie. El tren se acercaba. La
diminuta imagen de la locomotora iba adquiriendo proporciones gigantescas. Era
como un coloso de hierro que se aproximaba imparable.
Entonces Miguel, que tenía un
temor infantil hacia las imponentes e inmensas locomotoras, pudo vencer ese
miedo y salió corriendo al encuentro del tren. Miguel corrió sobre la
superficie pedregosa que hay entre las vías mientras agitaba arriba y abajo sus
brazos. En dos ocasiones casi se cae, cosa que hubiera sido doble fatalidad.
Pero eso no ocurrió y cuando su proximidad al tren era ya temeraria llegó el
milagro. De pronto, se oyó un ensordecedor chirrido y de sus ruedas salió un
humo delatador. El tren estaba frenando con toda su fuerza. Miguel, que estaba
demasiado cerca, tuvo que saltar a un lado para evitar ser arrollado por la
poderosa locomotora. Miguel sólo pudo rezar para que parase a tiempo.
El largo tren consiguió detener
su marcha justo unos metros antes del paso a nivel. Entonces, de la locomotora
bajó un hombre, era el maquinista, que a toda prisa se dirigió hacia Berta.
Tras él llegó Miguel. El hombre, al ver la apurada situación de esa pobre niña,
dirigió su mirada a Miguel y le dijo: "Chico, lo que acabas de hacer no
tiene precio. Si no llega a ser por ti, no habría visto a esta niña. Tu
valentía te hace merecedor del mejor de los premios". Entonces ese hombre
se acercó a la locomotora y cogió un bote metálico. Lo abrió y le aplicó un
poco de grasa al pie de Berta, que hizo que su tobillo se deslizara con
suavidad por entre los fríos hierros.
Algunos viajeros bajaron del tren
alertados por la inusual parada, pero una señal del maquinista mientras subía a
la locomotora hizo que todos retornaran.
El tren reanudó su marcha y se
alejó, perdiendo en la distancia su portentoso tamaño. Miguel lo miró y decidió
su futuro. Desde entonces, cuando veía una locomotora se paraba para verla
detenidamente y, si podía subir, lo hacía. Para él una locomotora ya no era un
objeto frío y amenazador, sino que era un ser cálido y lleno de vida, como una
persona. Era un ser que te podía escuchar, si le sabías hablar; que respondía,
si le sabías preguntar; que te quería, si le sabías querer. "Yo seré
maquinista de mayor", decía mientras montaba su locomotora de meccano.
Berta paseaba mientras recordaba
aquellos viajes que hacía para acompañar a Miguel en sus largas jornadas de
trabajo. En esos casos se subía a la locomotora y miraba a través de la
ventanilla más aventajada del tren. Desde ese privilegiado puesto la vista era
diferente a la de los vagones de pasajeros. Desde un vagón el paisaje fluye
hacia atrás, pero desde la locomotora entras en él. Y era en aquellos tramos,
en donde la baja neblina matutina apenas se levantaba un metro del suelo,
cuando era posible flotar y navegar por un mar de nubes teñidas de escarlata
por un rasante sol.
Berta paseaba. Al final de su
paseo por la estación solía visitar el vagón del economato que, cada tres días,
hacía parada en Villena. De él era responsable Fernandín, amigo suyo desde los
años de la pandilla. Su destino se quebró por un desengaño amoroso. Desde
entonces nunca ha querido establecer familia. "A mí, que me dejen solo.
Con mi economato tengo suficiente", decía cuando se le preguntaba si tenía
novia.
Fernandín era de familia sencilla
y trabajadora. Las necesidades de la época y un miembro más en la familia hizo
que tuviera que dejar pronto los estudios y ponerse a trabajar para traer
dinero a casa. Pero lo único que había por aquellos años eran negocios de
estraperlo. Pero un día la suerte llamó a su puerta. Se enteró de unas
oposiciones a la RENFE y se marchó a Madrid para intentar sacarlas. Fernandín
se fue sin trabajo y volvió como funcionario del Ferrocarril. Allí le
ofrecieron el puesto del encargado del economato del tren que pasaba por su
pueblo. Él lo aceptó de buen grado y desde entonces ha estado al frente del
servicio.
Berta sabía que cualquier cosa
que no hubiera en el economato, bastaba con pedírselo a Fernandín para que a
los tres días allí estuviera disponible en el vagón. Dos hijos y una hija eran
suficientes bocas como para llenar más de dos cestas de alimentos cada vez que
iba de compras. El economato era una salvación para ella. Lo que de ahí se
llevaba luego era descontado del sueldo, pero el precio a pagar era muy
inferior al que había en los comercios. Y el economato itinerante le
configuraba la capacidad de disponer de casi cualquier producto que le solicitara,
algo esencial para Berta, pues la débil salud de su hijo menor le obligaba a
llevarse productos raros y de difícil localización.
Esa precaria salud le dio más de
un susto. Normalmente las boticas del pueblo tenían la solución para las
súbitas recaídas del niño. Pero otras veces era necesario traer las medicinas
de fuera.
En una ocasión el nene se puso
con fiebre alta. El médico dictaminó que era una infección pulmonar y
prescribió un antiinflamatorio específico a su enfermedad. Era un fármaco especial,
el cual no existía en ninguna botica del pueblo, con lo que tenía que ser
solicitado expresamente al laboratorio sito en Madrid. Inmediatamente, el
médico solicitó desde la botica que se le trajera el medicamento.
En Madrid se determinó sin demora
alguna que fuera cargado en el siguiente tren con destino a Alicante.
Casualmente, ese tren era el de Miguel, que volvía a casa. Cuando Miguel fue
avisado de la situación, comunicó a los revisores que procurasen mayor celo en
su trabajo para evitar que hubiese el más mínimo retraso.
El tren encaminó su marcha hacia
Villena, llegando a cada parada con una puntualidad inusual en el Expreso. Pero
Miguel tuvo que detener la marcha del tren en La Encina. Horas antes recibían
en Madrid el parte del tiempo: "Lluvias torrenciales en la zona de
Levante". En Madrid la lluvia apenas era un chirimiri, pero conforme se
dirigían hacia el este su intensidad iba en aumento. Cuando entraron en la
provincia de Albacete la lluvia se había tornado torrencial. Llegaron a la
estación de La Encina y, después de esperar el tiempo establecido, el Jefe de
Estación no le daba paso. Entonces Miguel bajó y se acercó a la caseta de
control. Allí le dieron la mala noticia: Un fuerte torrente se había desbordado
de su cauce y, en ese momento, las aguas que bajaban raudas de la montaña
habían comenzado a inundar un tramo de la vía. Presumiblemente, las aguas
estaban erosionando el suelo y la base de la vía era cada vez más inestable.
Seguir se había hecho imprudente, si no imposible.
En ese momento llegó un parte
telefónico que avisaba que las lluvias entre Villena y Alicante habían
ocasionado la rotura de la vía a la altura de Sax, entre Villena y Alicante.
Supo, entonces, que ni siquiera era posible un traslado urgente de su hijo al
Hospital de Alicante.
Miguel, al saber esa mala nueva,
se le puso el corazón en un puño. Tenía la vida de su hijo en su poder, pero
también las vidas de sus pasajeros. Si se quedaba allí sabía que su hijo
moriría, pero si continuaba el trayecto, peligraba la vida de los pasajeros. La
lluvia arreciaba y estaba oscureciendo. Entonces, viendo que las oportunidades
de salvación estaban apagándose, sacó la misma valentía que le había hecho
valedor de orgullo en aquel paso a nivel, cuando aún era un chaval, y solicitó
al Jefe de Estación que le diera vía libre. Pero, no al tren entero, sino sólo
a la locomotora. El Jefe de Estación se mostró extrañado por tan extraña
iniciativa, pero cuando comprendió la desesperación de Miguel y la urgencia del
caso, ordenó al Jefe de Circulación que le ayudara a desenganchar la locomotora
de los vagones y que le diera paso de inmediato.
Miguel arrancó la máquina y salió
de la estación sólo con la locomotora. Los vagones de pasajeros se quedaron en
la estación. Llovía cada vez más. Cuando llegó el momento de atravesar el tramo
del torrente decidió que era mejor atravesarlo lo más rápido que fuera posible
ya que, si había alguna zona hundida, las ruedas del tren podrían patinar y
quedaría fatalmente atascado. Así, puso el máximo de carbón en la caldera para
elevarla a su máximo de presión y se lanzó hacia el peligroso tramo.
La locomotora se balanceó
peligrosamente y casi se salió de la vía pero al final consiguió salir indemne
de aquel peligro. Una hora después Miguel estaba en casa con la medicina para
su hijo.
Miguel llegó a tiempo, gracias a
él salvó la vida a su hijo, que apenas podía respirar, pero su hazaña le
costaría cara. Llegó a su casa completamente empapado por la lluvia y eso le
provocó una grave pulmonía. Miguel murió a los pocos días envuelto en profundos
dolores y sin que médico alguno pudiera evitarlo.
Berta recuerda cada vez que ve un
tren pasar. Cada tren que ve es una vida entera llena de recuerdos, llena de
emociones. Pero de entre todos hay uno que más desea ver, y ése su tren, el
tren de Miguel, el que siempre añora. Pues, aunque él ya no está con ella, el
tren sí lleva su ser, su espíritu más querido. Para ella, ver ese tren es ver a
Miguel.
A Berta le gusta sentarse cada
tarde delante del espejo de su cómoda, desde el que se ve la lejanía de la vía.
Ella mira y espera. Espera en su habitación que su más querido tren pase.